Oct 4, 2010

Otra Teología es posible: Entrevista al teólogo Nicolás Panotto.


Debemos priorizar grandes temas bíblicos, como son la justicia, la igualdad y, por sobre todo, la importancia que posee la idea de plenitud humana para la tradición judeocristiana. Y de allí, tal como hicieron los profetas y las profetizas, reclamar por y apoyar a toda iniciativa que busque la construcción de una sociedad más justa.
Nicolás Panotto


Una preocupación constante ha sido el tema de los discursos teológicos y de su manera de incidir en las cuestiones públicas, de relevancias sociales y económicas. Muchas de aquéllas se caracterizan lamentablemente por su aroma rancio, cuyas máximas se anclan en procura de conservar el statu quo y de legitimar estructuras de injusticia social. Es ahí donde me pregunto donde está “el evangelio”, donde está la “buena noticia”, esa praxis transformadora de la relaciones entre ser humano-ser humano y ser humano-en-el-mundo. 

Es en esta búsqueda de un “evangelio” que realmente tenga algo para decir a los nuevos escenarios del siglo XXI, les presento al Lic. Nicolás Panotto, compañero en su momento de estudios, quien desde muy joven se ha caracterizado por una importante lucidez, capacidad crítica y un profundo sentido social y dialógico. Actualmente cuenta con numerosas publicaciones y conferencias en su haber. También es autor del blog http://nomadismocontingente.blogspot.com/ . Sin lugar a dudas representa una bocanada de aire al quehacer teológico actual. Sin mediar más palabras aquí está la entrevista:


¿Qué tipo de relaciones han tenido las iglesias con el Estado a lo largo de la historia? ¿Qué tipo de teología se legitimaba?

Dicha relación ha sido muy oscilante a lo largo de la historia. Más allá de que el “Estado” es una formación política moderna, podemos retrotraernos a la dinámica de las comunidades cristianas frente a distintos poderes políticos centrales. Tenemos a las primeras comunidades cristianas y sus prácticas solidarias cuestionantes de la lógica del imperio romano, posteriormente la unión entre la estructura imperial y la jerarquía eclesial en la Edad Media, y luego el cimbronazo en tiempos modernos con el impacto de la Reforma y la descentralización de la estructura eclesial (aunque sepamos que la Reforma luterana no significó un quiebre tajante en la relación iglesia-Estado hasta la llegada de los movimientos anabautistas; también hay que saber que la Reforma se dio gracias a un contexto socio-político particular que ya se traía consigo una fuerte resistencia al lugar del Papa en los asuntos púbicos por parte de los reyes y señores locales). 

Más allá de que no podemos negar que este quiebre en tiempos modernos produjo un cambio contundente en la sociedad occidental con respecto al lugar de la iglesia, ella, en tanto institución social, continuó teniendo un lugar central y hasta determinante dentro de las cuestiones públicas y políticas de la sociedad. La iglesia ha permitido la legitimación de diversos sistemas políticos y económicos, desde el rol de las misiones cristianas en la expansión del mercado y gobierno europeo en tierras conquistadas hasta la bendición a las dictaduras militares latinoamericanas y su acción determinante en las elecciones presidenciales en EEUU. La iglesia, hasta hoy día, representa un reservorio simbólico y humano legitimante, ya sea desde su institucionalidad como desde su discurso y moralina, para ciertos intereses particulares, sean de clase, de moral, de ética, etc. 

En otras palabras, más allá de existir una separación formal (aunque eso aún no es tan así ya que existen leyes que dan prioridad a la Iglesia Católica Romana en varios países), simbólica, social y políticamente la iglesia-institución sigue teniendo un lugar central en la definición del espacio público y de las instituciones políticas. Y esto llega no solo a la iglesia católica sino también a la evangélica. Lo hemos visto en este último tiempo con las marchas y documentos emitidos por la emisión de distinto tipo de leyes y la puesta en escena de diversas problemáticas sociales. ¡La unión que no crearon las innumerables discusiones teológicas lo ha hecho el respaldo y la defensa de moralinas en el campo público!

¿A qué se denomina “voz profética”? ¿Consideras que es posible?

“Voz profética” es un concepto teológico que diversas corrientes vienen desarrollando hace décadas en nuestro continente. Parten desde una relectura de los libros proféticos, poniendo hincapié en el lugar social de los profetas y sus constantes denuncias en torno a la opresión de las autoridades políticas, jurídicas y religiosas. De aquí que éstos, lejos de ser adivinos o agoreros de un tiempo por venir, son mujeres y hombres inspirados por el Espíritu para ir más allá de las circunstancias, reconocer los causes de fondo y evidenciar, en nombre de la justicia que Dios desea para toda persona, la necesidad de transformar la sociedad.

Es interesante notar cómo ciertos grupos evangélicos que tradicionalmente ha repelido dichas teologías, ahora se adjudican el uso y la propagación de dicha idea teológica como un gran descubrimiento para la pertinencia de la iglesia en nuestros tiempos. 

Por supuesto que creo que es posible, y hasta saludable para la iglesia hoy. Debemos priorizar grandes temas bíblicos, como son la justicia, la igualdad y, por sobre todo, la importancia que posee la idea de plenitud humana para la tradición judeocristiana. Y de allí, tal como hicieron los profetas y las profetizas, reclamar por y apoyar a toda iniciativa que busque la construcción de una sociedad más justa. La iglesia pierde tal condición cuando lo único que busca es no perder aquellos discursos y prácticas que mantienen incólumes sus fundamentos. La prioridad está en su condición de institución y no en la plenitud de la vida.

Las teologías de la liberación han sido señaladas en el pasado por su carácter revolucionario. ¿En la actualidad se han reiventado? ¿Qué conservan y en que ha innovado? ¿Qué tienen para decir a la actualidad sociopolítica y económica de América Latina y en especial a la Argentina?

Las teologías de la liberación fueron el gran aporte latinoamericano al mundo de la teología. Como dijo un amigo, “quien quiera hacer teología seriamente hoy día, no puede no pasar por ellas”. Pero como toda teología, representó un momento histórico concreto, con problemáticas precisas y marcos teóricos que respondían a tales circunstancias. El lugar de la teoría de la dependencia, las lecturas neomarxistas y las utopías socio-políticas fueron parte del polvorín revolucionario de los ’60 y los ’70, los cuales repercutieron directamente al desarrollo teológico del continente en aquella época, pero que hoy poseen muchas limitaciones para una propuesta pertinente.

Obviamente las circunstancias son muy distintas hoy día. Vivimos en un mundo globalizado, posmoderno, neoliberal y muy complejo, lo cual ha llevado a que muchos de estos acercamientos hayan quedado cortos a la hora de un análisis teórico. Esta misma estrechez viven las teologías de la liberación latinoamericanas. Una visión bipolar del mundo, una centralización en el “sujeto pobre”, la lectura de clases y la primacía de elementos socio-económicos como único marco de análisis –lo cual se refleja en términos como liberación, pobres, opresión, etc.-, son alguno de los elementos que han quedado caducos, al menos como puntos unidireccionales para analizar nuestro contexto y construir una propuesta teológica.

Existen varios replanteamientos actualmente. En primer lugar, la emergencia de “nuevos sujetos” (mujeres, homosexuales, indígenas, afro-americanos) han desafiado al desarrollo teológico latinoamericano a transitar por otros caminos y de esa manera ampliar su marco de análisis. En segundo lugar, existen varias propuestas, como por ejemplo la escuela del Departamento Ecuménico de Investigaciones (DEI), que han hecho grandes aportes al replanteamiento de estas teologías desde la preponderancia del lugar del sujeto y de nuevas lecturas del mundo socio-económico. Por último, las propuestas posestructuralistas y posmodernas, aunque aún no se han hecho escuchar fuerte en nuestro continente, han planteado una profunda crítica a dichas teologías y muchas de sus ingenuidades discursivas y epistemológicas.

Como dije en un comienzo, creo que las teologías de la liberación proponen un aporte innegable, aunque requieren una profunda relectura. Muchos de sus abordajes, como son el reconocimiento de la contingencia histórica de todo discurso teológico, la centralidad de un “sujeto teológico” en la construcción de una cosmovisión religiosa, el peligro de la iglesia-institución y su discurso de legitimar ordenes económicos, sociales, morales y políticos, entre varios otros, son cuestiones centrales en el desarrollo de toda teología. Lo que debemos hacer es proseguir con dicha construcción desde nuevas preguntas hacia las también nuevas circunstancias en que estamos viviendo. ¿Qué implica hacer teología en un mundo globalizado y posmoderno? ¿Podemos hablar de un solo sujeto teológico frente a la cantidad de identidades que representan nuestro contexto? ¿Qué decimos cuando hablamos de “pobre” en una América Latina construida de generaciones excluidas del ámbito laboral (lo que se llama “pobreza estructural”)? ¿De qué o quienes queremos “liberarnos” hoy cuando las figuras de poder social, político y económico se desdibujan en la complejidad de los “micropoderes” (Foucault)? ¿Cómo afecta a los presupuestos de las teologías de la liberación la deconstrucción de los grandes absolutos modernos en los cuales su discurso tradicional se ha apoyado1

1. Les invito a ingresar a www.ftlbuenosaires.blogspot.com donde encontrarán la ponencia del Dr. Néstor Míguez y dos reacciones a la misma, expuestas en el último evento de la Fraternidad Teológica Latinoamericana sobre “Teologías latinoamericanas: nuevos escenarios, nuevos sujetos, nuevos discursos” el 25 de septiembre de 2010.

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